A veces siento que no tengo autoridad para hablar o escribir sobre ella, la terrible muerte. Sin embargo, luego recuerdo la profunda depresión en la que me hundí cuando partió mi primera rescatada: Hachi. También recuerdo la omnipresencia de la muerte como deseo y presiento, entonces, que cualquier ser humano tiene autoridad para hablar sobre ella, porque nos acompaña desde la cuna hasta la tumba. En mi vida, mi propia muerte ha sido deseada, añorada, suplicada y eso ha implicado que no deje de pensar en ella ni un sólo día. Con los rescates, más tarde, vinieron también las muertes: Hachi primero, dos palomas, un colibrí, una cachorra, una perra anciana a la que tuvimos que dormir. Todos ellos murieron en mis manos. Hachi me esperó en el consultorio y me regaló su última mirada. Y aunque resulte, para algunos, que estas muertes son menos importantes, para mí han significado la apertura de un hueco en mi pecho que se acrecienta con cada partida. Lo que más duele es saber que partieron sin conocer el suficiente amor ni el suficiente cuidado que una humana como yo podía brindarles. Murieron siendo objeto de injusticias, abandonos, faltas de aprecio y maldad. Por ese motivo, me he comprometido a luchar contra la muerte abonando felicidades a la vida. No puedo eliminar a la muerte, pero puedo hacer algo para que su llegada no duela tanto y consiste en brindarle lo mejor de mí a los seres que me rodean, haciendo lo posible para que mi existencia se encuentre en función de la vitalidad y el cuidado. Me niego a participar de la maldad, para que cuando la muerte encuentre a mis seres amados no sienta que fui cómplice de la amargura, sino que ayudé a alcanzar sueños, a construir sonrisas, a despertar placeres, a cultivar alegrías.
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